viernes, 25 de septiembre de 2009

EL MAL





Mientras que los escupitajos rojos de la metralla

silban todo el día por la infinitud del cielo azul,

y, escarlatas o verdes, cerca del rey que se mofa de ellos,

caen bajo el fuego batallones en masa:

mientras que una locura espantosa hace su molienda

y convierte a cien mil hombres en un rimero humeante

—¡Pobres muertos! ¡en verano, en la hierba, en tu alegría,

Naturaleza! ¡oh tú que hiciste santamente a estos hombres!—,

hay un Dios que se ríe en los manteles adamascados

de los altares, en el incienso, en los grandes cálices de oro,

y que se duerme, arrullado por hosannas,

pero que se despierta cuando madres llorosas y transidas

de angustia, tocadas con sus viejas cofias negras,

le entregan unos céntimos envueltos en un pañuelo.

ARTHUR RIMBAUD

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